domingo, 15 de abril de 2018

10 de diciembre de 2017


Con una actuación casi perfecta has logrado ocultar tu más íntima forma.

El ceño fruncido y el mal genio como máscara para ocultar la sensibilidad y entrega de un ser que, quizás, desea sentir un poco más. 


Siento pena.

Pena por ti, por la miseria que conlleva la sumisión a voluntad en esa soledad innecesaria y vacía; esa misma que te otorga el toque melancólico que florecía cada vez que te posabas en la ventana, tabaco en mano, a leer o solo a observar cada pequeña casita encallada en el cerro, la de tu mirada perdida al detenerte a mirar las luces de la noche porteña, la de aquella embriagada reflexión sobre el hermoso peligro del mar.

Pena por mí, por atesorar cada uno de esos momentos y más, por querer sanar tus heridas, por anhelar esa sonrisa idiota después de la unión carnal, por aún alimentar este tonto sentimiento sin pies ni cabeza que me lleva directo a la autodestrucción.

Te quiero, sí, ya no lo niego, pero no puedo contra la muralla enorme que levantaste frente a las mil y un caricias que tengo para ti.

Hoy me entrego nuevamente al frío constante. Se acabó el calor, las risas, las miradas cómplices, los silencios agradables, la seguridad de tus brazos, los viajes con tu mano entre mis piernas.

No habrá un adiós, ni una última noche de dormir sumida en tu pecho.








(releyendo mis chingas y sintiéndome la Idea Vilariño)